INFORMACIÓN DEL BLOG

El blog es de tematica YAOI, YURI y SHOJO, osea de escritos de parejas homosexuales y heteroxesuales como con contenido sexual. Así que si no te agrada esto, cierra la página y se respetuoso. Yo no te falto el respeto y tu menos deberías hacerlo. Fue hecho con la intensión de lograr publicar mis escritos, en caso que en otra página que me encuentro tenga problemas con el servidor y no logre subirlos hasta un buen tiempo. También quiero recordar, que May-tsunade8 o Hudson soy yo, en caso que crean que se esta haciendo un plagio acá. Y cualquier duda, problema y sugerencia, explicar en los comentarios. Gracias por leer.

Promesa de Silencio

Fanfic: Original one-shost.
Categoría: Yaoi.


Ante el silencio de los demás, cuando todos a esta hora salen a jugar al patio, nosotros simplemente parecemos encantados y fascinados con una simple melodía de aquella caja de música, no tan pequeña, pero con cierto decorativo infantil, que me hace pensar como habría sido de pequeño.
-Es hermoso
Él sólo sonrío a gusto por mi comentario y no pude evitar hacer lo mismo. Aún cuando sentía la necesidad de sostener esa caja con relieve de caballos dorados y de brillos azules y rojos, girando de forma lenta, siendo que él notó mis manos cerca de su objeto más preciado, colocándolo en ellas.
-Tú sabes que es el más valioso recuerdo que tengo ¿no?
Yo le mire algo triste y el desvió mi mirada con cierta melancolía, aun así sus orbes brillaban al dirigirme la mirada después, avergonzándome.
No sabía que decir en ese momento e intenté mejor poner atención en algo con que distraerme; como la música que empezaba a disminuir de forma lenta, el sol que alumbraba cálidamente este cuarto reacio a colores vivos, donde el color del cemento en las paredes delataba que ninguna pintura paso por ellos y nuestro camarote de madera se dividía en una sábana blanca y una colcha azul, pasando al suelo como algunos muebles, sin olvidar la ventana, su color café por ser de madera. Sin embargo, no pude evitar el detalle de observarlo a él; sentado a mi lado, vestido de pantalones hasta los tobillos y zapatos cafés, donde su piel blanca resaltaba y contrastaba con el chaleco sin cuello de color azul marino sobre su camisa blanca y su cabello negro azabache, para terminar topándome con sus ojos oscuros como silenciosos y los rasgos de su fino rostro.
-¿Qué tanto me ves? –Preguntó de forma divertida, provocando que terminara estirando mis manos con la caja hacia él, quién la recibió, y levantarme algo nervioso de mi lugar.
-Nada. ¿Por?
Él negó con la cabeza y fue a un lugar de la habitación, mientras le daba la espalda, guardando la caja según yo, porque no permitía a nadie saber donde estaba y respetaba su secreto.
-No importa, creo saber el porqué.
Me gire para verlo interrogante, pero soltó una carcajada dulce y me pescó de un brazo para tirarme junto a él a la cama, soltando un grito sorpresivo por la caída que por suerte fue blanda.
-¡Miguel!
No pude hacer nada, simplemente me abrazo y se acurrucó en la curvatura que formaban mi cuello y mi hombro, quedando así un tiempo en silencio, terminé por abrazarlo con cariño.
-Te quiero Miguel.
-Yo igual.
Mis mejillas se colorearon y un escalofrío me dio al sentir su respiración en mi cuello, pero creo que lo notó, porque se separó de mí a una distancia prudente. Me incorporé en la cama y él al poco tomó una de mis manos para, que con frecuencia hacía, jugar con sus dedos y los míos, mientras afloraba una sonrisa traviesa.
-¿Te da cosquillas cuando mis dedos dan con tu palma? –Dijo curioso y no pude evitar responder con una risa por el contacto.
-¡Deja eso, no pararé!
Quité mi mano de la suya de forma rápida y suspiró fuerte, haciendo que le viera el rostro que se había ensombrecido severamente e iba a decir algo, pero fue interrumpido cuando la puerta se abrió de momento, mostrando a una persona que nos miraba de forma agitada.
-¿Qué hacen tan solos? ¡Nos llaman a cenar!
Ambos nos miramos y decidimos partir al comedor, mientras nuestra amiga hablaba a su lado, contando algo, pero no ponía atención al tener algo de hambre.
Era increíble la dulzura que reflejaba ella con sus cabellos onduladamente platinados y brillosos, sus mejillas siempre sonrojadas y sus ojos azules, o como lo bien que se veía con ese vestido verde que parecía quedarle algo grande por lo delgada que era. Una frágil persona de cuerpo, pero con un temperamento muy determinado. Lo opuesto a mí, ya que a diferencia de ella, no tengo la voluntad para poder defenderme de alguien, aunque para eso los tengo a ambos, mis amigos.
Ha pasado un tiempo y está llegando el invierno, el crudo invierno. Uno puede ver desde los ventanales hacia el patio como el cielo esta tan blanco que con lo descolorido que es este lugar, pareciera que ahora es más frívolo, tanto que parece una casona vieja y embrujada. Que miedo. Al menos llevo tanto tiempo acá que sé que nunca un fantasma viviría aquí con cientos de imágenes y esculturas religiosas por estos lados. Además me alegra saber que algunos chicos salen igual a jugar al patio para animar el día con sus gritos mientras juegan a la pelota.
-¿Dónde estará?
Mi voz retumbó como eco en el cuarto de estudios y nuevamente mire hacia fuera de la ventana, recordando que llevaba un buen tiempo sin verlo, aunque haya sido un día. Me levante de mi lugar y salí, caminando por uno de los pasillos viejos del edificio, donde la madera se veía tan negra que sin querer la cara de una monja me recordaba. Reí por ello.
-¡Gabriel!
-¿Eh?
No me dio tiempo a decir nada, mis ojos se encontraron con los de él, para después sentir el peso extra de su cuerpo encima del mío botándome de paso al piso. Es que mi cuerpo es tan diferente al suyo, flacucho y con la piel más pálida a la de él o el de algún fantasma, de cabello rubio y ojos celestes, que faltaba poco para ser un papel.
-¿Dónde estabas? –Logré decir, en ello que se acomodaba y quedamos sentados en el piso, viendo después como unos niños corrían al patio y volvíamos a quedar solos.
-Estás desabrigado… -me tomó de la muñeca, empujándome hacia su lado- iremos por un chaleco, hace frío.
-¿Eh? ¡Ya, pero no me tires! –Me quejé por el empujón y caminamos juntos, tiempo en que no soltó mi muñeca hasta llegar a la pieza, grabándose en mi memoria el gusto que se preocupe por mí, que no me haga sentir solo, que siempre esté conmigo; cuidándome. Nos quedamos en silencio, en ello que se dispuso a soltarme y buscarme un chaleco o algo; cuando al fin, indicó que levantara los brazos, colocándome un sweater.
-Te ves bien.
-Tu igual –atiné a responder, mientras volvía a abrazarme. Lo cual me incomodó un poco. -¿Pasa algo?
Se quedó un tiempo sin responderme, para después ver que me miraba a la cara y me daba un corto beso en los labios que me sorprendió.
-¿Te molestó? –Se notó sereno, aunque su mirada entrecerrada parecía temer. Yo no quería que se sintiera mal y negué, para luego reír tontamente.
-Te amo Gabriel-.
-Yo también te amo Miguel.
Fue tan extraño, aun no sé ni porqué lo dije. Simplemente salieron esas palabras. Él sonrió como un poco complacido y volvió a abrazarme, pidiéndome que nadie me tocase como él lo hacía, porque me quería mucho, demasiado… eso susurró en mi oído y se lo prometí, porque de alguna manera, mi corazón también lo quería de esa manera y no me sentí tan sorprendido o extraño cuando le dije “te amo” y él me besó.
-Este beso debe ser un secreto entre los dos.
Yo asentí con la cabeza y luego empezamos a jugar en la pieza con cosquillas y bromas, cayendo a la cama y seguir en ello.
En nuestros ojos sabíamos que algo estaba mal, pero nos queríamos y eso era lo que nos importaba, además… únicamente nos teníamos confianza entre ambos y vivíamos en nuestro mundo cada vez que estábamos los dos.
En nuestros ojos también había miedo como amor con el paso de los años, años que cualquiera no dudaría que era por lo que pasaba afuera de este lugar, si bien era porque en estos años la religión en aquella casa era tan regida y nos hacía ver tan extraños, que el temor se vivía cada día alivianado un poco por lo que sentíamos el uno al otro.
-¿Qué es este lugar?
Por sobre cada piso de la casona, nunca imaginé que una azotea se encontrara tan escondida de todo ¿Alguien sabría de ella?
Miguel hablaba de ella, mientras yo observaba el pequeño espacio que tenía, tan oscuro que no lograba ni ver desde mis rodillas hacia mis pies, así que la luz dada por la vela de Miguel era la única la que iluminaba y daba un poco de luz a otras velas que él encendía, dejando al descubierto algunos objetos viejos, libros y cuadernos usados, quedándome ensimismado en dos telas negras cubriendo algo que me daba curiosidad.
El cambio de tono de voz que tenía me saco de mis pensamientos, haciendo que lo observara.
-¿Quieres saber que hay ahí?
Parecía divertido por mi curiosidad y dije un “si” algo tímido, posando mi mirada en sus manos que apresaban ambas telas, tirándolas hacia sí y dejando ver dos estatuas. Una exclamación de asombro afloró de mis labios.
-Ella es Atena y el es Apolo.
Dos estatuas muy diferentes una de otra distinguí, algo diferente a las que tengo memoria que he observado, aun así son impresionantes. Miguel rió cuando me sonrojé por la estatua desnuda, ya que estaba acostumbrado al Cristo únicamente verse con algo apenas tapándolo, teniendo en cuenta que era el cuerpo de un hombre. Apolo era hermoso figurado.
-¿Tu les colocaste nombres?
-No, ellos ya se llamaban así… -se acerco a mi lado y tomo mi mano-. Son dioses griegos, dioses antiguos que tuvieron su momento de gloria en un tiempo muy lejano.
La voz ronca y seria de Miguel siempre me incitaba a tomarle atención en cada palabra, como si un orgullo flotara dentro de mí cada vez que hablaba de algo que a mi parecer, era como escuchar a un adulto con mucho conocimiento. Pero también me avergonzaba por ello, me sentía como una polilla atraída por la luz de un farol y que me quemaba por mí ignorancia.
Nos sentamos y percibí algo que provocaba cosquillas en mi piel al tocar lo que sería el suelo, descubriendo algo parecido a la paja, blanca, casi como si estuviéramos en un nido de pájaros. Él no soltó en ningún momento mi mano y siguió contándome de ellos, que de un libro prohibido, muy bien escondido en la biblioteca había descubierto de ellos.
Amar esos tiempo juntos, sentirte a mi lado, escucharte hablar tan interesadamente, saber que estabas y podía pasarme toda la vida así, sería mentir al decir que no la apreciaba, porque…
-Cuando me vaya… ellos cuidarán de ti.
El lugar que era únicamente nuestro, aquel que fue un cómplice ante un mundo que era el nuestro.
Ese día me sentía enfermo y me aferraba con más fuerza hacia tu mano entrelazada con la mía. A diferencia de mí, ese día conocerías que era tener una familia, aunque fuera lejos de mí.
Si bien por una parte me sentía feliz por ti, pero por otro lado, no. Temía el no verte, el no estar a tu lado, no tocarte o hablarte. Ya eras indispensable para mi vida y, no obstante, al despedirnos las lágrimas no bastaron para que me miraras o pronunciaras esas palabras, ya era todo demasiado tarde, no había vuelta atrás y si hubieras decidido por mí en vez de las personas que esperan en el auto, todo habría sido demasiado extraño.
-¡Te prometo escribir siempre!
Grite con el poco aire que entraba en mis pulmones, algo helados por el clima de invierno, viendo como volteabas para verme con una sonrisa y asentir con la cabeza sin dejarme ver tus ojos ¿estarías llorando?
La partida fue inevitable así como mi corazón empezaba a hundirse en las profundidades de la soledad, notando la lejanía del carro negro que te llevaba lejos de mi con la promesa de volver a vernos, que vendrías por mi y como sello sería tu bien más preciado que siempre me dabas la oportunidad de escuchar contigo.
“Tu eres lo que más amo junto a esto, así que cuídalo hasta mi regreso.”
Sólo sé, que lo poco cálido que se mantuvo en mi cuerpo había sido tu último abrazo que mantuvimos en nuestro lugar, y ahora corría desesperado para ver si algo quedaba, cerrando de portazo detrás de mí y caer de rodillas junto a las estatuas enfrente de mí. El llanto no se dejo esperar y mi cara era el vivo reflejo de todas aquellas emociones que se veían ahora lejanas por el sólo hecho de no estar aquí.
Cuando me di cuenta que para alguien tan solo, tu compañía había opacado toda esa tristeza y soledad que a todo niño se le infunde con el tiempo, en un lugar donde todos somos desconocidos intentando ser una familia.
-¡Apolo por favor, tráemelo de vuelta, lo quiero devuelta! ¡Por favor!
No fueron una o mil veces los pedidos que exclame con desesperación el tenerte nuevamente contigo, verte y abrazarte.
Tendría trece años cuando te fuiste y ya han pasado dos años desde ello.
El tiempo para mí ha sido tan letargo y doloroso, y más porque aún no me has respondido como lo habías prometido ¡Lo prometiste! ¡¿Miguel dónde dejaste tus palabras?!
No tengo deseos de comer o de beber, de nada, simplemente quiero que la muerte me lleve ya y parar de sufrir, porque ya no duele… simplemente he dejado de sentir o saber cuál es mi realidad. Tanto así que ya no disimulo una sonrisa frente a las cartas que escribo porque sé que dos años sin saber de ti ¿qué esperar?, así que tampoco quiero fingir que todo anda bien en mi con las personas de esta cárcel… porque simplemente ya no estás aquí y nadie puede traerte para mí.
-Como saben, los libros son pocos, así que lo leerán en pareja.
Se escucha un barullo, sillas moviéndose detrás mío… ¿pero alguien intenta acercarse a mí? Nadie. Porque para todos soy un chico que está muerto en vida y un ser que es inexplicable para sus mentes. Un enfermo que no tiene cura y su única esperanza yace lejos de aquí.
Las clases terminaron como de costumbre y camino con cierta debilidad, intento enfocar al punto fijo del pasillo, pero todo empieza a volverse borroso… otra vez. Te llamo a ti en auxilio, una y otra vez… quedando entumecida mi voz con tu nombre, con la mente en recuerdos vanos que al poco se volverán a desvanecer.
A veces pienso, y muchas veces deseo, en morir así, pero es parte de la mala suerte que acarreo y despierto para volverme a sentir así. Nadie se atreve a ayudarme. Otra vez me he vuelto a desmayar y me he despertado en el mismo lugar. ¿Cuánto tiempo he estado ahí? Eso a nadie le importa y creo que a mi menos debería de importarme.
-Ahh…
Un quejido me sale de mi voz, nada más que eso en un intento de levantarme, hoy a diferencia de otras veces no podre moverme por mi mismo. Tendré que esperar que alguien se compadezca de mí para llegar a mi cuarto.
Los minutos pasan y el pasillo sería el último lugar al que debería ir alguien, así que pienso en algún nombre para al menos gritar por ayuda.
-¿Qué haces acá?
Entrecierro la mirada y dificultosamente veo a la persona enfrente de mí, hasta que la vista se torna clara.
-¿Te sientes bien?
Yo niego con la cabeza lentamente, en ello que observo más detenidamente al chico enfrente mío. Algo menor por su altura, pero con cierto aire alegre en su aspecto, su piel más oscura llena de pecas y risos cafés en su cabeza.
-Tus huesos pesan…
Solo atino a no serle problema al sostenerme con su pequeño cuerpo, aun cuando me haya sacado al menos una pequeña sonrisa de los labios.
Es un buen chico.
Me llevo a duras penas hasta mi pieza y me dejo ahí, aunque parecía quererme preguntar algo, no dijo nada y se fue. Lamentablemente fue la única vez que lo vi ahí, pero algo de su energía fue traspasada a mí, porque me sentía un poco mejor.
Ese día dormí hasta la tarde del otro día y eso ayudo a obtener un poco más de fuerzas, tanto así que añoraba volver a jugar al soccer con los niños en el patio y comer un poco.
¿Quién iba a imaginar que serían mis últimas fuerzas de vida?
Pero ese día pedí perdón a Dios por odiarte como a la vez te llame por auxilio, mientras mi cuerpo se consumía en algo más que dolor.
Era en la tarde, cuando observaba atento el patio y comía un poco de los dulces que había en la mesita de centro junto a unos sillones de un verde elegante, había tomado la confianza y la decisión de mi mismo, pensando en hablar con la hermana superiora para decirme algo de ti, ya que cartas de ti no tenía, sin embargo...
-¿Gabriel?
-¿Si?
Aquella que decía ser nuestra amiga y alguna vez fue parte de nuestras travesuras cuando niños…
-¿Qué es lo que quieres hablarme?
Ella se notaba nerviosa, pero sus ojos brillaban determinantes y apenas se animó a decir algo, sus palabras empezaron a bombardearme hasta que mis emociones se tradujeron a una sola palabra “comprensión”
-Yo…hace años, muchos… creo que aun siento esto por Miguel, que lo amo aunque no esté.
-¿Cómo?
-Yo Gabriel, lo amo, amo a Miguel desde que era pequeña y jugaba con nosotros. Lo extraño tanto… y no sabes el dolor de no verlo ahora –sus ojos empezaron a cristalizarse y yo únicamente me quede perplejo. –Yo sé que fuiste su mejor amigo y puedes entender esta soledad. Por un tiempo me dije “no importa, es algo que pasará”… pero aun seguía sintiendo eso.
-Yo… no sé qué decirte. –Atiné a decir, aunque la verdad tenía muchas emociones parecidas para decir, pero no era adecuado que dijera “sabes, yo igual aun lo extraño y lo amo”.
-Sabes Gabriel… -me dijo mientras se limpiaba las lágrimas – Daría tanto para tener algo que me recordara a él…
Mis palabras se quedaron trabadas en mi garganta y el primer pensamiento fue la imagen de la cajita musical que él me entrego. ¿Qué debería hacer ante ello?
-Tú… si tuvieras algo de Miguel ¿me lo darías?
Sus blancas manos se posaron sobre las mías y me vi obligado a verla a los ojos, donde sus azules orbes parecían implorarme aún cuando yo dudaba ante lo que me decía. ¿Tenía que decirle sobre la cajita? ¿De que si tenía algo de Miguel, era por algo más que amistad? O solamente hacer como que nada me ataba a la persona amada. Muchas preguntas cruzaron, cuando me di cuenta que mi propia boca me había delatado.
-¿Cómo? –Exclamó sorpresiva.
-Que yo también le amo –Suspire y continúe hablando-. Y también tengo algo que me une a él.
-¿Qué?
Por dentro pedí perdón a Miguel las veces que fueran necesarias, porque había roto una de nuestras reglas y ella iba a mis espaldas a nuestro lugar. Pedí perdón entonces también por lo que iba a hacer, que para cuando ya estábamos ella y yo solos, entregué lo más preciado que teníamos los dos.
-Esto es…
-Cuídalo… -dije antes de sentir que el alma se me iba por hacer lo que estaba haciendo –este es el lazo que nos une hasta su regreso, pero sé… que aunque te de ésta caja, no signifique que nada de él me unirá, porque el amor que siento… es más fuerte de lo que un objeto se pueda valorar. Cuídalo por favor.
Que tonto fui. Creer aún en algo que nunca fue… en una amistad que creí que aún existía, pero era solamente una arpía disfrazada de niña la que yo veía.
De un momento a otro el piso se movió y casi caí al piso por la sacudida. Nos miramos preocupados y empezamos a bajar las escaleras, donde de momento nos detuvimos al primer piso con ventanales para ver lo que ocurría llenándonos de temor. Unas llamas se propagaban por un costado del edificio y se extendía hacia nosotros. Los gritos de niños y monjas como curas, empezaron a extenderse por el lugar, así que decidimos salir de ahí cuanto antes, si bien nuestra huida fue interrumpida. A mitad de las escaleras una de las monjas me pescó del brazo y no me dejaba bajar, aún cuando veía el miedo en mis ojos que luego extrañamente se posaron en algo que traía en manos.
-Esas… ¡esas son mis cartas! –Grité al tiempo que intentaba pescar aquello que me pertenecía, pero se hizo a un lado para que no las tomara -¡pásemelas!
-¡Así que confiesas que son tuyas! ¡Santo Dios! –Vociferó y yo no cabía en el asombro- Gracias pequeña, al final tenías razón sobre las cartas… -y menos al ver como se refería a mi “amiga”.
Ella sonrió complacida y siguió bajando, en ello que la monja volvía a subir por las escaleras conmigo a empujones.
Ahora entendía porque mis cartas nunca fueron respondidas, porque esperé tanto tiempo… Al final de cuentas nos habían separado. Siendo que un alivio sentí el comprender porque nunca me volviste a hablar, ya pensaba como te habrías sentido de decepcionado de mi.
-¡Hermana hay que escapar! ¿Qué hace acá? ¡Baje!
De la nada apareció un cura y le mire asustado, pero él apenas verme me miró con cierto asco y asombro, cambió algunas palabras con la mujer y me llevó a arrastras, donde mis gritos de liberación no fueron escuchados y él me respondía que era una escoria inhumana.
-¡Lo hemos descubriendo todo! ¡Manzanas podridas son ustedes y más tú niño!
-¡No entiendo, déjeme! ¡Me hace daño!
-¡Deja de quejarte! ¡Le das la espalda a Dios por alabar a seres mundanos! ¡Entonces pídele ayuda a tu Apolo a que te salve!
Cuando dijo eso me quedé petrificado y vi a donde me llevaba, tirándome dentro del cuarto y cerrar la puerta para dejarme solo ahí.
-Hijo, espero Dios tenga misericordia de tus pecados y te perdone.
No paso tiempo que empecé a gritar y a desesperarme. La oscuridad me envolvía y aunque golpeaba mil veces la puerta, el tiempo transcurrió sin derribarla.
Me culpaban por amarte, por tener un lugar que fue íntimo para nosotros y haber querido ser felices juntos, además de haber sido engañado… ¿Por qué no estás cuando te necesito?
El humo negro ha llegado hasta donde estoy, las llamas están acá y mi cuerpo se empieza a debilitar…
-¡Miguel ayúdame! ¡Miguel por favor! ¡Miguel tengo miedo! ¡Miguel! ¡Miguel! ¡Miguel sácame de aquí! … Miguel…
Ni mis lágrimas lograron evitar lo inevitable.
El cielo de manto blanco enmudecía ante el panorama de una de las ciudades de Italia, aún cuando los años pasaron por ella y las ruinas solo eran parte de lo que fue una vez. Todo era inhabitable.
Sus pasos se detuvieron a centímetros de lo que había sido un edificio y su vestimenta negra como abrigada para el clima, lo hacía participe de lo que podía ser una pintura de negros y blancos, tan deprimente como se sentía en ese momento.
Se mantuvo silencioso aún cuando en ese lugar quería, deseaba, escuchar algo, ver… y no ser testigo de aquel lugar muerto.


Pero era demasiado tarde para ser cierto.




Fin.


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